Heidegger: la obra y la verdad
Pues bien, tenemos que las propias obras se encuentran en las colecciones y exposiciones. Pero ¿están allí como las obras que son en sí mismas o más bien como objetos de la empresa artística? En estos lugares se ponen las obras a disposición del disfrute artístico público y privado. Determinadas instituciones oficiales se encargan de su cuidado y mantenimiento. Los conocedores y críticos de arte se ocupan de ellas y las estudian. El comercio del arte provee el mercado. La investigación llevada a cabo por la historia del arte convierte las obras en objeto de una ciencia. [...] Incluso cuando intentamos impedir o evitar dichos traslados yendo, por ejemplo, a contemplar el templo de Paestum a su sitio y la catedral de Bamberg en medio de su plaza, el mundo de dichas obras se ha derrumbado.
En este apartado de El origen de la obra de arte, Heidegger muestra su preocupación por la conservación de las obras de arte fuera de su entorno original. En la actualidad podemos visitar museos que albergan obras de diversas procedencias: tenemos mármoles del Partenón de Atenas en Londres, cuadros de Picasso en Nueva York y de Cezanne en San Petesburgo, un templo egipcio en Madrid, etc. Esto se debe a que muchas de estas obras se han convertido en objetos del mercado del arte y han pasado de unas manos a otras. Con un poco de suerte, se han conservado adecuadamente y aún podemos disfrutarlas a pesar de que, como dice Heidegger, su mundo original se haya derrumbado. Es evidente que los grandes museos del mundo se encargan de que las obras de arte estén en condiciones inmejorables para su conservación. Sin embargo, estas instituciones deberían marcarse el objetivo de que los visitantes pudieran comprender el propósito original de cada obra, ya que muchas veces muchas veces se exhiben sin otro motivo que el de agrupar un gran número de obras valiosas para atraer al público. Es importante que el valor artístico no quede en un segundo plano y que los museos se preocupen por recrear el entorno al que pertenecieron las obras.
En el campo de la música también encontramos una preocupación por conservar el mundo original de las obras musicales. No obstante, la intención del autor de la obra no es la única a tener en cuenta porque también entra en juego la del intérprete. Si opta por una interpretación historicista, se acercará mucho a la forma de interpretar la obra en su época original pero esto no significa que sea la interpretación más válida. Si el intérprete pretende crear una nueva versión de la obra, ya sea mediante una transcripción o con una interpretación menos convencional, la obra musical cambiará su formato pero no por esto perderá su interés. Es el intérprete quien decide si merece la pena ser fiel a las intenciones del compositor o si quiere basarse en esa idea original y aportar su creatividad para lograr un resultado innovador. Cualquiera de las dos formas son verdaderas y dependerá del juicio del público que una u otra tenga más éxito.
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