Adorno: lo nuevo y la duración
Las obras no tienen poder alguno sobre su duración, que donde menos garantizada está es donde lo presuntamente temporal ha sido abandonado en beneficio de lo permanente. Pues esto sucede a costa de la relación de las obras con los estados de cosas, que es donde se constituye la duración. De una intención efímera como la parodia de las novelas de caballerías surgió el Don Quijote de Cervantes. El concepto de duración tiene algo de arcaísmo egipcio, míticamente desvalido; los periodos productivos parecen no pensar en la idea de duración Probablemente, esta idea solo es importante donde la duración se ha vuelto problemática y las obras de arte se aferran a ella ante el sentimiento de su debilidad latente.
En este fragmento, Theodor Adorno cuestiona la importancia de la duración el tiempo de las obras de arte. Como bien explica a través del ejemplo de Don Quijote, muchas de las obras que más han perdurado hasta nuestros días no se concebieron con esa intención. Esto también ocurre en la música: por ejemplo, las cantatas de Johann Sebastian Bach estaban pensadas para ser interpretadas cada domingo en la iglesia y no se repetían de una semana a otra; sin embargo, ahora no cumplen con una función litúrgica sino que constituyen el repertorio usual de las agrupaciones de música barroca. Es decir, Bach no pretendía crear una serie de obras canónicas de música de cámara al igual que Cervantes no pretendía escribir una de las obras más importantes de la literatura universal. La principal razón de su perpetuación es que son propensas a cambiar de función y así adaptarse a las épocas posteriores.
Teniendo esto en cuenta, ¿es posible crear una obra de arte con la intención de que se conserve en el tiempo? Siguiendo el juicio de Adorno, podemos decir que depende de la cultura a la que pertenezcas, ya que hay países con una mayor tradición musical que otros. Aún así, no es fácil adivinar qué papel asumirá la música en la sociedad dentro de un siglo. Por tanto, también deberíamos preguntarnos si merece la pena el esfuerzo por lograr un éxito póstumo. Existen muchos ejemplos de artistas adelantados a su época cuyas obras se valoraron mucho más varios años después de su muerte. ¿Es rentable ese reconocimiento posterior o habrían preferido triunfar en su época? Tenemos los casos de Van Gogh, que vivió sus últimos años profundamente deprimido; o de Mozart, que vivió momentos muy exitoso pero la última etapa de su vida estuvo marcada por la frustración de no haber alcanzado el éxito en Viena. ¿Se sentirían aliviados al saber que hoy en día son admirados en el mundo entero?
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