Derrida: alma y cuerpo

Hay por lo tanto una escritura buena y una mala: la buena y natural, la inscripción divina en el corazón y el alma; la perversa y artificiosa, la técnica, exiliada en la exterioridad del cuerpo. Modificación interior al esquema platónico, escritura del alma y escritura del cuerpo, escritura del adentro y escritura del afuera, escritura de la conciencia y escritura de las pasiones, así como existe una voz del alma y una voz del cuerpo: “La conciencia es la voz del alma, las pasiones son la voz del cuerpo” 


Con esta cita de William Shakespeare, Derrida hace una conclusión sobre la diferencia entre una buena escritura y una mala. Basándose en el pensamiento de Platón sobre el mundo de las ideas y el de los sentidos, esta reflexión invita a pensar que lo interior es bueno y lo superficial es malo. La conciencia se asocia con el alma para expresar su eternidad frente a la fugacidad de las emociones. Sin embargo, la vida humana carecería de sentido si no fuera porque en algún momento ha de terminar. Por tanto, lo realmente natural del ser humano es su imperfección, su limitación. Por mucho que una persona pretenda cultivar su alma, siempre habrá en ella un aspecto superficial que le recuerde su condición humana.


Esta división platónica entre alma y cuerpo también ha estado presente en el pensamiento musical. Gluck llevó a cabo la reforma de la ópera para eliminar los abusos y artificios (la parte más superficial) y favorecer la estructura dramática (el alma). Un siglo después, Hanslick defendía que la belleza de la música no está en las emociones sino en la forma, es decir, en la parte racional. Este pensamiento deriva en la música del siglo XX y el grado extremo de objetividad y precisión que demandan compositores como Stockhausen, quien terminó optando por la música electrónica para conseguir la reproducción fiel de sus obras.


La realidad es que siempre es necesario encontrar un equilibrio entre la parte racional y la parte impulsiva. Interpretar o componer una obra solamente desde el entendimiento da como resultado una obra fría y difícilmente comprensible por el público (o a veces, ni siquiera por los propios intérpretes). Este es posiblemente uno de los grandes problemas de la música contemporánea. Por otro lado, de nada sirven la pasión o el carisma si no se poseen los conocimientos necesarios para tocar un instrumento o para escribir música. Así lo demuestra la Portsmouth Sinfonia, una orquesta experimental que se convirtió en un fenómeno cultural con sus versiones peculiares del repertorio orquestal clásico. 








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